• Ayi Turzi

Piedra, papel y tijera: una pequeña gema 

La rutina de Jesús y María José, que no es más que mirar la televisión y no tener contacto con el mundo exterior, se ve interrumpida con la llegada de Magdalena, su media hermana por parte del padre. Instalada en España, regresa solamente para tramitar la sucesión y quedarse con la parte de la casa que corresponde, sin tener en cuenta que sus hermanos, quienes en efecto aún viven en ese lugar, podrían no estar de acuerdo. El clima introductorio del reencuentro, que se refuerza con encuadres simétricos, una paleta de colores entre sepia y marrón cuidada hasta el máximo detalle y movimientos de cámara armónicos en extremo, se ve interrumpido con una acción concreta. Cuando se están despidiendo, bajo la promesa de tasar la propiedad al día siguiente, Magdalena cae por las escaleras, en una secuencia que dilata gracias al montaje el tiempo de caída. Pero, ¿cae o la empujaron? Este punto de quiebre da lugar a la más absoluta de las incertidumbres, eje sobre el cual se estructurará toda la trama. Magdalena queda postrada, al cuidado de los dueños de casa, y se juega de modo sutil al principio hasta hacerlo evidente más adelante, las intenciones de éstos. ¿Realmente quieren que se recupere? Si bien Jesús y María José actúan en conjunto, el movimiento de a dos se torna complicado. Ambos van cambiando sus intenciones inmediatas sin previo aviso y sin motivo o se pelean entre ellos, generando un patrón de comportamiento errático. Y eso, entre otras cosas, es lo que sume a “Piedra, papel y tijera” en lo más siniestro: Magdalena está postrada, incomunicada, y expuesta a la voluntad de dos personas en las que no puede confiar de ninguna manera. Emparentada con un gran corpus de películas que inmovilizan al protagonista y lo dejan expuesto a peligros más o menos concretos, la propuesta logra poner al espectador en el lugar de la lisiada (al mejor estilo de La ventana indiscreta, por citar un ejemplo) y generar un juego especular donde ella no puede moverse, y uno tampoco, porque queda absolutamente atrapado por la trama. El espectador sólo puede ver, sin interferir en el destino de los personajes…y en este caso ellos tampoco parecen tener posibilidad de elección sobre el propio. Otro tópico fundamental es el de la casa, el hogar, el lugar de pertenencia. En lo que a arte y vestuario respecta, Jesús y María José aparecen emparentados con el entorno de inmediato, como si fueran parte de la decoración. Magdalena aparece como un elemento sutilmente extraño, pero de a poco se va también mimetizando, a medida que su propia cordura se va quebrando y se acerca al nivel de desequilibrio de los otros dos. Esta locura no se manifiesta con excesos corporales sino todo lo contrario, con lo que logra meterse de lleno en lo perverso. Las actuaciones de Valeria Giorcelli y Pablo Sigal, que por momentos rozan lo autómata, y la degradación del personaje interpretado por Agustina Cerviño son por demás destacables. Pregunta inevitable: ¿Cuán bien de la cabeza pueden estar dos personas obsesionadas con El mago de Oz? La elección de la película que miran e imitan Jesus y María José a lo largo de la trama tampoco es azarosa. Uno al principio (o al menos quien suscribe) toma la hipótesis de que las dos brujas enfrentadas esconden algún tipo de simbolismo o vaticinio, y piensa que la trama irá en ese sentido. Pero no: Macarena Garcia Lenzi y Martin Blousson, sus directores, nos engañan varias veces. El tópico del clásico de Hollywood que tiene mayor preponderancia es otro. Pero eso descúbranlo ustedes, yo ya les conté mucho. Y por si no quedó claro, porque la reseña no puede construir incertidumbre como lo hace la peli con maestría: véanla.

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