• Ayi Turzi

La muchachada de a bordo: del tango al pop


Hay pocos casos de remakes de películas argentinas hechas dentro del país, situación que describí con anterioridad en esta nota para La Cuarta Pared. Es curioso, en este contexto, el caso de La muchachada de abordo. O al menos, tiene algunos elementos a destacar.

Las dos versiones La primer película data de 1936 y es de Manuel Romero, uno de los grandes directores de los inicios de nuestra cinematografía, basada en una obra teatral de su propia autoría. La remake se estrenó en 1957 y fue dirigida por Enrique Cahen Salaberry, conocido por una prolífica carrera orientada al cine de entretenimiento y picaresco, con títulos como En carne viva (1955), Don Fulgencio (El hombre que no tuvo infancia) (1950) o Jacinta Pichimahuida se enamora (1977), además de estar detrás de cámara en varias de las cintas de Olmedo y Porcel. Un grupo de conscriptos ingresan a la Marina Argentina a prestar el servicio militar obligatorio. El protagonista de la aventura será el conscripto Marmol (primero José Gola, luego Leo Dan), secundado por el conscripto Roquete (Luis Sandrini - Carlitos Balá). En su franco de descanso en la ciudad de Punta Alta, Mármol se enamora de la bartender del bar local (Alicia, Elvira Barré - Mariette, Maria Fuentes), quien ya se encontraba involucrada con el alferéz Garrido (Santiago Arrieta - Fabio Zerpa). Es el cabo Lucero, interpretado en ambas oportunidades por Tito Lusiardo, quien intenta resolver la solución.

La música Creo que el punto de análisis más fuerte de ambas versiones es la música. Dentro de la trama se convierte en uno de los ejes que estructuran los hechos: Mármol es un músico y se decide a componer una marcha para la armada, inspirado por la mujer que ama. El deseo de triunfar socialmente a través del arte estuvo instaurado en el cine local desde sus orígenes, recordemos por ejemplo Los tres berretines, donde el personaje de Luis Sandrini escapaba a las obligaciones tradicionales impuestas por su padre para triunfar como compositor. Aquí incluso puede hacerse una lectura adicional: el hecho de prestar servicio al ejército no impide el desarrollo de una carrera artística sino que, llegado el caso, puede incluso potenciarla. La propuesta de Romero está claramente influenciada por el tango: visita los lugares más icónicos del subgénero que muchos autores denominan como "melodrama tanguero". Encontramos al cantor que fracasa en el amor pero triunfa en su arte, a la mujer sufriente pero causante de las penurias ajenas, a los personajes estereotipados como buenos, malos y tontos, entre otros elementos. Se siente un ambiente lúgubre y gris a través de la puesta, y al terminar el relato el espectador se queda con un sabor amargo. Cahen Salaberry le aporta la alegría de la música popular en pleno auge en la década del ´60, potenciada por programas de Tv como El club del clan. La estética general es más colorida y pop: cuando los marineros entonan la marcha, por ejemplo, la posición en que se ubican en el encuadre se corresponde más con un musical de Hollywood que con una formación militar. Incluye además, en este plan de alejarse de la melancolía tanguera, un personaje típico de las comedias musicales del momento: el niño. El tango está anclado en el pasado, en la pérdida, en la ausencia y la figura infantil habla de un proyecto, un futuro, una mirada al mañana que no encontrábamos en los arrabales pero si en esta nueva ola de películas pobladas de jóvenes que le cantan al amor. Para más ejemplos podemos ver cualquier otra película protagonizada por Leo Dan o por Palito Ortega, por mencionar algunos.

Tito Lusiardo Lo de Lusiardo es histórico: realizó el mismo papel con treinta años de diferencia. El cabo Lucero es como una especie de Pepe Grillo, proporcionando un espacio para que los personajes de Marmol y Garrido reflexionen sobre su enfrentamiento, y alentando a la dama a clarificar su situación sentimental. Repite algunas líneas de diálogo de manera textual en ambas versiones y una en particular resulta llamativa para la época, cuando manifiesta que a las mujeres hay que disputárselas dentro del corazón de ellas: es largo y sabido el debate en torno al rol histórico de la mujer en cine, un objeto muchas veces sin voluntad, que queda a la merced del deseo masculino. Aunque mérito de Romero, que incluyó la línea en los diálogos originales, la expresión condensa lo adelantado de la mentalidad de Lucero. En otro orden de cosas y también manifiesto a través de su personaje, la propuesta de Salaberry diluye la exigencia y la disciplina presente en la primer versión, quizás en un intento de mostrar la vida en altamar de modo más relajado y amistoso para empatizar con un público menos acostumbrado al rigor.

El rol cómico Desconozco si en algún momento Balá se planteó homenajear a Sandrini, pero lo logra. El parecido físico, que nunca había notado, es innegable. En treinta años el registro cómico no se modificó mucho. Quizás porque tanto Sandrini como Balá basan sus composiciones en el hecho de constuituirse como actores populares, o porque el papel de el relevo cómico en lo que respecta a las narraciones clásicas no se ha modificado mucho a lo largo de la historia del cine, pero en ambos casos el conscripto Roquete se integra perfectamente a la narración, con el valor agregado de poder ver en cada interpretación el "toque personal" de dos de los más grandes comediantes argentinos.


Quizas son películas difíciles de ver hoy en día porque estamos acostumbrados a otros ritmos. Es interesante, sin embargo, verlas en conjunto y tratar de comprender qué es lo que se entiende como esencia de cada una y tomar las modificaciones como signos de los tiempos.

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